LA MODA MASCULINA, CAMBIOS Y PERMANENCIAS

En medio de los constantes cambios de la moda femenina, la indumentaria masculina ha mantenido cierta linealidad a pesar de sus innegables transformaciones en el tiempo.

Iniciando el siglo XX, la élite de Medellín se afanaba por mantener y reafirmar su estatus social e implantaba el discurso de urbanidad y etiqueta, el cual originó un cierto modo de vestir.

A los caballeros se les ponía de presente el buen tono y el gusto refinado en su atuendo con el lema de que: “En la correcta presentación del traje se descubre el gusto, la finura y aún la educación del individuo”. (DOMINGUEZ, 1987).

No podían usar perfumes penetrantes y mucho menos joyas que los hicieran aparecer afeminados; sólo a cierto grupo de profesionales se les permitía llevar un anillo no muy vistoso, al igual que un discreto alfiler en su corbata.

Durante la década de los años 20 y 30, los diseñadores contribuyeron en buena medida a la monotonía y uniformidad de la moda masculina.  La vestimenta para ellos era demasiado formal y rígida, pensada hasta en sus más mínimos detalles. 

El   uso de zapatos era muestra de posición social, pues no toda la gente de la vieja Villa tenía acceso a ellos. El  pantalón largo, distinguía al hombre del niño.  Los jóvenes de buena familia lo usaban corto, hasta la edad de quince o dieciséis años y cuando recibían las llaves de la casa pasaban a vestir pantalón largo y cambiaban su gorra por el fino sombrero de fieltro.

Los de estratos más bajos seguían descalzos hasta después de los veinte años y se demoraban en alargar sus pantalones.

El   bastón representó no sólo autoridad y ocio, sino prestigio social y político. Los anteojos asignaban igualmente personalidad y clase.  Elementos como: “el gallardo frac, el insigne sombrero de copa o cubilete, los guantes, el reloj con cadena de oro, el bastón, el chaleco

de fantasía, los zapatos de charol y otros, conformaban la síntesis de la máxima distinción del hombre de los primeros treinta años del siglo XX”. (DOMINGUEZ, 1987).
     

El  hombre sencillo llevaba pantalón de dril y camisa de coleta o cruda; en algunos casos iba descalzo y con sombrero de paja.

Con la segunda Guerra Mundial se produjeron grandes cambios y se alcanza una relativa homogeneización en el vestuario masculino.

En las décadas 50 y 60, la moda masculina incursionó con el pantalón elegante de bota estrecha y doblada   acompañado de chaqueta sin cruzar, camisa elegante y corbata fina y delgada.  Hacia finales de los 60’s  la corbata entró en crisis y prácticamente se eliminó la pareja  camisa – corbata.

Las prendas informales masculinas de los años 60’s rompieron los límites que se les habían impuesto a los hombres. Pantalones bota campana, camisas de cuadros y rayas pronunciadas, de colores fuertes y estilos diversos de ropa mostraban una ansia de libertad y de rebeldía contra lo convencional.

Con la llegada de los 70’s, la moda incursionó en el vestido entero; se dejó de lado el traje de dos piezas que destacaba la chaqueta de fantasía y se introdujo el smoking para las noches elegantes. Más tarde surgieron las camisas combinadas que -con el tiempo- se volvieron más elegantes y refinadas.

En los años 80, 90 y posteriores, se abrió también para la moda masculina un mercado amplio en estilos, colores y diseños.  Estampados, preteñidos, rayas, cuadros y dibujos geométricos y étnicos dominaron en las prendas.  Además surgió la moda unisexo que acabó definitivamente con la rigidez en la forma de vestir impuesta en décadas anteriores.

Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia –INER-.