ARQUITECTURA Y ARQUITECTOS EN MEDELLÍN 1886 – 1970

El principio del siglo XX representó para Medellín la materialización de varios proyectos que modificaron el paisaje de la ciudad y las formas de socialización. Se buscaba, principalmente, hacer partícipe de la modernidad al departamento antioqueño y para lograrlo se echó mano a varios discursos que justificaban cada paso de la transformación de la ciudad.

En el ocaso del siglo XIX los índices de crecimiento de la población empezaron a ser evidentes para la ciudad, estas fueron las primeras manifestaciones del incremento acelerado de la población, un proceso que fue la regla durante el naciente siglo. A pesar de ello, Medellín siguió siendo una ciudad pequeña, cuyo centro principal, el hoy llamado Parque Berrío, estaba rodeado de casas de dos o tres pisos, máximo, que presentaban un aspecto homogéneo del paisaje. Sin embargo, a medida que se distanciaban del centro, las casas iban perdiendo su apariencia maciza y en lugar de construcciones de ladrillo se iban desdibujando en el paisaje y a veces se confundían con el color de la tierra, pues sus muros eran de bahareque o tapia y aunque en algunos sectores alejados del centro de la ciudad se había empezado a popularizar la casa de campo burguesa, era apenas - podríamos decir - una tendencia naciente. Si usted se parara a observar la ciudad, a principios del siglo XX, sobre una colina del costado oriental del Valle, vería al fondo de éste, al margen izquierdo del río Medellín, una serie de casas alrededor del Parque Berrío, más o menos del mismo tamaño, que aún conservaban el aspecto de una ciudad colombiana del siglo anterior, construidas por alarifes, maestros de obra y albañiles y no por arquitectos propiamente dichos, que dotaban a las edificaciones de las formas consideradas estéticas en Europa. Sobresalían, claro está, el cuerpo de varias iglesias entre las que, para efectos gráficos, podemos enumerar tres:

La Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria ubicada en el Parque Berrío, que fue construida en ese mismo lugar por primera vez en 1649 y que sólo a partir de 1776 fue adquiriendo el aspecto que le conocemos hoy; la otra figura que reconocería a la distancia sería La Iglesia de la Vera-Cruz que también data del período colonial y que se edificó por primera vez en 1682, pero desde 1791 el señor Jorge Ortiz le dio más o menos la forma que actualmente reconocemos en el cruce de la carrera Carabobo con calle Boyacá; finalmente, podríamos diferenciar también la Iglesia de San José que presentaba el mismo aspecto desde 1903, año en que se terminó de construir. El volumen de estos tres edificios, en relación con el resto de la ciudad, daba cuenta del poder que representaba esta institución en la sociedad antioqueña.

Pero si usted fuera un observador más eficaz, podría ver que al sur y al norte de la ciudad se venían levantando sendas construcciones que podría decirse fueron pioneras en el desarrollo arquitectónico y urbanístico de la ciudad: al norte, se podía descubrir la primera planta de la catedral de Villanueva, que sólo llegó a terminarse en el año 1931, y al sur se podía observar el edificio que ocupaba una manzana entera que correspondía a la ya desaparecida cubierta de Guayaquil.

Cada cual representaba uno de los frentes del desarrollo arquitectónico y una de las instituciones que estaban en capacidad de proporcionar a la ciudad construcciones de gran valor arquitectónico y económico: la iglesia y la burguesía local.

Mucho tiempo estuvo instalada la sede episcopal en Santa Fe de Antioquia. La pérdida de importancia política y económica de esta ciudad para el país desde principios del siglo XIX, incidió para que también fuera trasladado el poder religioso, que en gran medida determinaba la trascendencia de una ciudad en todos los campos. Es así como en 1868 se decide que será en Medellín esta sede y, claro está, se requería de un edificio que correspondiera a las necesidades del centro administrativo del clero antioqueño. Ésta fue principalmente la razón por la cual se contrató al arquitecto italiano Felipe Crosti, quien diseñó los primeros planos presentados para el monumental edificio que se tenía pensado. Sin embargo, tras insuperables problemas, incluso personales, y por las innumerables críticas que se le hicieron a su trabajo, el arquitecto Crosti dejó la ciudad definitivamente sin que se volviera a saber de su paradero más que una estadía pasajera en Bogotá, dejando abandonados algunos de sus trabajos como arquitecto que durante su establecimiento en Medellín varios ricos habíanencargado.

El desarrollo de las técnicas de minería había brindado a un grupo de ciudadanos la suficiente fortuna para poseer poder político y prestigio en la sociedad, éstos deseaban que sus viviendas dieran cuenta también de su capacidad económica. Quienes serían posteriormente los artífices del auge industrial de Medellín y del desarrollo de la arquitectura, estaban dispuestos a hacer grandes gastos con tal de que sus propiedades fueran los edificios más representativos de la prosperidad económica de un sector de la ciudad. Y fue precisamente Carlos Coroliano Amador, un excéntrico minero y exitoso comerciante, quien le encomendó a Crosti, en 1880, la construcción de su casa, a la que el pueblo tan sabio y tan metido le dio el título de Palacio. Tenía cuatro pisos de altura y una apariencia de palacio renacentista que posteriormente, cuando Coroliano decidió ocupar la casa que mandó a hacer para su hijo, deleitó a los huéspedes del hotel Bristol.

Tras el abandono de Crosti de la obra inmensa que se proponía el clero, se contrató al arquitecto francés Charles Émile Carré, recomendado por ser un buen cristiano y por su experiencia en París, por A. L. Doulliard, abate de esta capital. A partir del momento de su llegada, en 1889, los trabajos se iniciaron sin pérdida de tiempo y fue de esta manera como se ganó la reputación de ser un trabajador incansable y organizado.

Otra vez Carlos Coroliano Amador, junto con otros empresarios de la ciudad como Vicente Villa y Eduardo Vásquez, aprovecharon la estadía en la ciudad de este arquitecto extranjero para encomendarle varios trabajos. Se le dio forma a la Plaza Cubierta de Mercado del barrio Guayaquil, que hasta 1970 fue uno de los lugares claves en la vida comercial y social de la ciudad y a los Edificios Carré y Vásquez (1895-1900), que aún se conservan.

Éstas dos construcciones se caracterizaron por estar diseñadas en estilo neo-clásico, una excelente distribución del interior e integración sin esfuerzo al renovado espacio urbano.

El lote para la construcción de la Catedral de Villanueva lo donaron Tyrell Moore y otros comerciantes, con el objeto de habilitar ese costado de la ciudad para viviendas de la élite.

El rediseño de la obra, la llegada del nuevo arquitecto y el reinicio de actividades en 1889, le dieron movimiento al barrio naciente y activó la vida en los alrededores del “Parque Bolívar”, como lo llamaron tras la petición del señor Moore al Cabildo de la ciudad. Carré se quedó en Medellín cinco años contratado por el clero, que ocupó para la instalación de tejares, canteras y la supervisión de los trabajos.

Se quedó un año más trabajando para los Amador en la urbanización del barrio Guayaquil y la construcción de la casa de José María Amador y María Llano, de la que sólo quedaron fotos y recuerdos.

Esta casa suntuosa llamó la atención de la ciudad por la ausencia de aleros, una de las formas tradicionales de los edificios antioqueños y presentaba también acabados refinados y elaborados, tanto lujo y prestigio terminó también en las manos del clero que la compró para darle el uso de Palacio Arzobispal, nombre con el que se conoció hasta su demolición en 1979 para permitir el paso de la Avenida Oriental.

Terminados todos los compromisos, Carré se despidió de Colombia dejando a su paso “la Catedral”, una de las construcciones más importantes del siglo XIX.

Y fue precisamente la estadía de Carré en la ciudad la que despertó a los antioqueños el interés por la arquitectura. Aún cuando en algunas instituciones educativas como la Escuela de Artes y Oficios y la Escuela de Ingeniería, se había adelantado algo en la enseñanza de formas y estilos, sólo en las primeras décadas del siglo XX Medellín empezó a apreciar a los arquitectos y a brindarles muestras de reconocimiento social por su labor.

La primera década del siglo tuvo como representantes del gremio a varios antioqueños que habían realizado sus estudios en otros países. Este es el caso de Juan Lalinde, quien adelantó estudios en Inglaterra y educó junto con Carré a algunos constructores en el uso del ladrillo en edificios de proporciones mayores.

De la autoría de Juan Lalinde sólo queda una muestra y está ubicada en el Parque Bolívar, se trata de la casa de Pastor Restrepo, construida en 1890 y que contó incluso con el reconocimiento del arquitecto francés Le Corbusier. Otros fueron educados en la Escuela de Minas como ingenieros civiles y profundizaban sus intereses en universidades norteamericanas, de manera que sólo gente muy acaudalada podía aspirar a formarse en el campo específico de la arquitectura y apenas un pequeño sector de la población podía acceder a esos servicios, los que
realmente construían las casas de la ciudad eran maestros de obra, muy hábiles eso sí, a quienes se les decían las proporciones de la casa y el número de cuartos y ellos emprendían la labor despreciando lo que se consideraba en el momento como las condiciones artísticas.

La próspera situación económica y los ánimos por dotar de bellas edificaciones ala ciudad, dio lugar a que se instalaran varias oficinas de constructores. Antonio J. Duque y Dionisio Lalinde, por ejemplo, construyeron (1869-1918), entre otros, el edificio Duque (1901), el edificio Lalinde (1905), el Banco Popular, la Estación Villa (1914-1913), la casade Pepe Sierra y una serie de edificios que fueron demolidos en el transcurso del siglo.

Todos, sin embargo, dieron cuenta de un estilo elegante que alimentó los ánimos de otras casas constructoras como la de Horacio M. Rodríguez e Hijos, la primera sociedad de arquitectos que fue uno de los grupos más importantes de principios de siglo y que trascendió hasta la primera mitad del siglo XX. Horacio Rodríguez, el patriarca de la sociedad, escribió un tratado de Arquitectura, un libro de construcción y su opinión era solicitada en la prensa cada vez que
había algún asunto de arquitectura sobre la mesa. Durante uno de los escándalos más publicitados de los años veinte en Medellín fue consultado para que aclarara su punto de vista. Dicho escándalo fue patrocinado por el Correo Liberal y por su periodista apodado “El Curioso Impertinente”, quienes juraban y perjuraban que la Catedral de Villanueva estaba al borde del derrumbe, pues se decía que las columnas soportaban más peso del que deberían soportar, que el paso de la quebrada la Hueso por debajo del edificio afectaba los cimientos y que el material que pegaba los ladrillos era frágil y se estaba haciendo polvo por el peso.

De manera pues que no sólo la economía interfirió en el desarrollo de la arquitectura, sino que también hubo intereses políticos que propiciaron los debates sobre el tema. Desde el Arzobispo hasta el Alcalde tuvieron espacio en la columna de algún periódico para dar su opinión, pero fue la palabra de Goovaerts, el nombrado “Arquitecto encargado del Departamento”, quien había llegado apenas tres años antes del sonado conflicto, la que dio el último veredicto corroborando que la “mole”, como la llamaron sus enemigos más insidiosos, estaba en condiciones de seguir prestando el servicio espiritual.

El señor Agustín Goovaerts fue, posiblemente después de Carré, uno de los arquitectos extranjeros más determinantes en la historia del desarrollo arquitectónico del último siglo en Medellín. Para ese entonces, Medellín ya contaba con una buena cantidad de edificios macizos, un buen capital dispuesto a ser invertido en el desarrollo estético de la ciudad, una Sociedad de Mejoras Públicas interesada en llevar a su máxima expresión el espíritu cívico de la ciudad y una serie de iniciativas urbanizadoras que tenían en actividad todos los frentes del desarrollo urbanístico.

Para ese período sobresalía el diseño de Enrique Olarte que se usó para la construcción de la Estación Medellín del Ferrocarril de Antioquia (1914). Este edificio completaba el marco del desarrollo del barrio Guayaquil. Junto con el edificio Tobón Uribe (1921), queda completo el grupo de construccionesque rodeó a la que se denominó “Plaza Cisneros” que durante mucho tiempo fue uno de los lugares más concurridos de la ciudad y en el que se vivieron los dramas más interesantes del siglo pasado. El edificio del señor Olarte fue considerado uno de los edificios de más alta calidad arquitectónica y cuando se ponía en relación con el ya mencionado Tobón Uribe presentaba un cuadro realmente apreciable, aún se mantiene a los pies de la Alpujarra y fue restaurado por entusiastas de la conservación del patrimonio, sin embargo durante muchas décadas sirvió como parqueadero y sufrió los rigores del desprecio de la ciudad.

El edificio Tobón Uribe fue más conocido por ser la sede de la Farmacia Pasteur, su diseño fue de H. M. Rodríguez y su demolición la decidieron quienes diseñaron el trazado de la avenida San Juan, pues como tantos otros edificios, el Tobón Uribe cayó bajo el paso inescrupuloso de la “planeación”.

Junto con sus hijos, Rodríguez conformó un equipo excepcional que levantó también el Banco Republicano (1922), considerado uno de los más bellos en su momento; el Palacio Municipal (1931), hoy Museo de Antioquia y por encargo del Ferrocarril de Antioquia, el Hotel Magdalena en Puerto Berrío (1908 - 1911) que demostró la variabilidad de la obra de este grupo, pues empleaba elementos clásicos que fueron articulados perfectamente en esa región de clima mucho más cálido que Medellín.

Por otro lado, el arquitecto Giovani Buscaglione había terminado de construir el Seminario Conciliar (1919), también de un aspecto monumental pero de meditadas proporciones, de ladrillo a la vista, que durante mucho tiempo fue el centro administrativo de la curia, sin embargo, por el paso de la Avenida Oriental demolió una parte y lo que queda hoy se ha convertido en el popular Centro Comercial Villanueva.

Irrumpió también el señor Navech con el edificio diseñado para los señores Miguel y Carlos Vásquez pero de su obra en la ciudad sobresalió la Capilla de los Hermanos Cristianos, en Bolívar (1919). Otros edificios importantes fueron el del Banco Alemán-Antioqueño, el de los señores Moreno y en Carabobo el edificio Olano que contaba con cuatro plantas, tres locales en la primera y treinta oficinas
en las superiores, lo que realmente es trascendental en este edifico, aparte de su valor estético, es que fue el primero de Medellín que tuvo ascensor y se convirtió por ello en una de las atracciones de la ciudad, el ascensor propició la construcción de edificios de gran altura que desembocó en la desproporción de los rascacielos de hoy.

En los años veinte, las ciudades colombianas y particularmente, crecían a un ritmo acelerado.

Con la llegada de Bélgica, en 1920, del señor Goovaerts (rescatado en los textos del historiador Fernando Molina), se inició otro de los momentos claves para entender el desarrollo de la arquitectura antioqueña. Goovaerts fue contactado en Bélgica por el cónsul colombiano en Europa y su contratación correspondía a una estrategia de modernización del país mediante la incorporación de técnicos extranjeros.

Fue así como el general Pedro Nel Ospina, Gobernador de Antioquia en ese momento, intercedió en lo que fuera necesario para que se realizara la negociación y fue precisamente el 16 de Enero de 1920 la fecha en la cual el arquitecto firmó el contrato para la construcción del Palacio de la Gobernación, cuyo primer diseño data de 1921 pero sólo se terminó en 1936 por falta de fondos.

A su llegada, Goovaerts se entregó de lleno a la tarea que se le había asignado, cerró los ojos y los oídos ante las innumerables críticas que tenían tinte político y regionalista y adelantó con admirable entrega sus obras públicas y privadas en la ciudad. Se desempeñó también como docente en la Escuela de Minas y se menciona entre sus alumnos más notables al señor Jesús Mejía Montoya, diseñador de la Facultad de Agronomía, hoy Universidad Nacional de Colombia. Goovaerts, en varias oportunidades, manifestó la urgencia de una Escuela de
Arquitectura, pues sabía que los seis meses de curso que daba en la Escuela de Minas no eran suficientes, propuso entonces que se le dejara formar algunos jóvenes que después se ocuparían de prestarle los servicios al Departamento, y ésta fue la labor que al parecer se propuso con el señor Mejía.

También instaló una oficina que llevaba por nombre Félix Mejía y Cía. (1923 1932), en compañía de Félix Mejía y Roberto Pérez, firma que construyó varias iglesias, innumerables reformas a residencias, varios edificios comerciales y encargos para otros municipios.

Entre sus obras más características podemos contar el Palacio Nacional que empezó a construirse en 1925 y está ubicado en la carrera Carabobo entre Pichincha y Ayacucho. Un edificio de estilo románico, de escandalosas proporciones para la época, construido en ladrillo y concreto reforzado. Este edificio despertó las críticas de la sociedad antioqueña que lo consideró pesado, sin luz, excesivamente caro… en fin, una serie de críticas que no tuvieron efecto en sus promotores y que permitieron su culminación en 1933.
El Palacio de la Gobernación, de estilo “gótico florido” o “renacimiento gótico”, que también sufrió la insistente inconformidad de los antioqueños,la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús
fue pensada para dotar al sector de Guayaquil de una iglesia que diera a los habitantes de este barrio los valores morales necesarios para vivir en la ciudad, las obras fueron iniciadas en 1921 y culminadas en los años treinta, hoy sufre un triste abandono a pesarde su valor estético; Escuela de derecho de la Universidad de Antioquia; la Cárcel La Ladera; Edificio Ismael Correa y por supuesto el Edificio Gonzalo Mejía(1924) en estilo Art
Nouveau, donde funcionaban conjuntamente el Teatro Junín y el Hotel Europa, durante mucho tiempo fue el centro cultural de la ciudad y uno de los edificios más apreciados del centro de Medellín, hasta que en 1967 fue demolido para dar paso al edifico Coltejer. El final de la era Goovaerts fue en el año 1928 cuando éste decide regresar al país que lo vio nacer.

Durante la primera mitad del siglo XX, Medellín vio levantar muchos edificios comerciales e institucionales que le dieron una apariencia de ciudad moderna, sin embargo ya se sentía la necesidad de crear una facultad de arquitectura; los ingenieros de la Escuela de Minas predominaron sobre los arquitectos durante mucho tiempo y fue ésta la razón por la cual las facultades de arquitectura de la ciudad son muy tardías en relación con Bogotá. Sin embargo, hubo quienes pudieron hacer sus estudios en ciudades extranjeras y fueron éstos quienes abanderaron el desarrollo arquitectónico en las décadas siguientes a los años veinte.

Entre ellos están Martín y Nel Rodríguez, hijos del ya mencionado Horacio Rodríguez, quienes adelantaron estudios en Columbia y lograron hacer casas y edificios que aún se conservan y se han convertido en hitos de la ciudad, es el caso del Palacio de Bellas Artes, hoy en un triste estado de deterioro (1926), el Castillo (1931), el Palacio Municipal (1931),y el Palacio Egipcio (1932) entre otros.

La construcción de esta última casa, encargada por el doctor Otto Estrada, responde al impulso urbanizador del señor Ricardo Olano, detrás de la Catedral de Villanueva en el costado norte de la ciudad y que conocemos hoy como barrio El Prado. Fue en ese barrio, durante los años treinta, donde se construyeron las muestras más interesantes de la arquitectura que se practicó en el momento, un eclecticismo del que da cuenta precisamente el Palacio Egipcio. Ricardo Olano se destaca por haber sido un promotor incansable del civismo, indiscutible líder en la ciudad y presidente en varias oportunidades de la Sociedad de Mejoras Públicas. Fue autor, además, de libros y artículos publicados en “Progreso”, órgano de difusión de la Sociedad, que promovieron y estimularon la valoración de los espacios agradables en la ciudad, no sólo las calles, sino también los parques, las fachadas y sobre todo los espacios abiertos como el Parque de la Independencia del que fue uno de sus más fervientes defensores. Su obra se encuentra en las bibliotecas de la ciudad y se ha convertido en uno de los referentes obligados en el proceso de desarrollo de la ciudad, así lo demuestra el texto del profesor Fernando Botero Herrera que lleva por título: Medellín 1890- 1950 historia urbana y juego de intereses.

Con la fundación de la Sociedad de Arquitectos, en 1935, promovida por Karl Brunner, la profesión se oficializó en la ciudad. Teniendo en cuenta que la Universidad Pontificia Bolivariana instala su facultad de Arquitectura en 1936, podemos proponer este año como el de la institucionalización del gremio. Por mucho tiempo, ésta fue la única facultad pues sólo en 1954, es decir, veinte años después, se creó la facultad de la Universidad Nacional sede Medellín.

Una vez consolidado el gremio se hicieron edificios que aún persisten -aunque apocados por el Metro- que dan muestra del valor que tuvo en la década del treinta la influencia norteamericana: el Edificio Henry, en el costado occidental del Parque Berrío (1928), obra del bogotano Guillermo Herrera Carrizosa y el Hotel Nutibara (1940), diseñado por Paul Revere Williams, arquitecto de los Ángeles, reputado y apreciado por sus compatriotas como uno de los mejores.

Para la instalación de la Facultad se hizo el llamado a varios arquitectos reconocidos como Ignacio Vieira, primer decano de la facultad, al belga Alberto Dothée, Federico Vásquez V, todos formados en universidades extranjeras, quienes trabajaron en compañía durante los años que el primero se instaló en la ciudad (1944 - 1952). Se distinguen entre sus obras el Teatro Lido (1949), el edificio La Bastilla (1944), La Naviera Colombiana (1942 - 1946).

Los años fueron llegando a Medellín y el centro comenzó a extenderse hacia el occidente, las oficinas de arquitectos H. M. Rodríguez e Hijos, Vieira Vásquez Dothée, Tulio Ospina y Compañía, Arquitectura y Construcciones, Alberto Mesa Jaramillo, Agustín González, Ingeniería y Construcciones, fueron las empresas encargadas de levantar los edificios de oficinas que contaban entre siete y quince pisos y empezaron a ocupar los espacios del centro de la ciudad, los primeros pisos se abrieron al comercio o se usaron con mucha frecuencia para instituciones bancarias, la popularización de los ascensores permitió el diseño de estas estructuras, que en la segunda mitad del siglo se generalizaron.

Es mucho más evidente la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX, eso sí, muy pocos nombres y sólo algunos edificios que tienen un significado estético para la ciudad, entre ellos podemos contar el edificio Coltejer que fue construido en el año 1970 por los arquitectos Esguerra, Sáenz, Urdaneta, Samper y la firma Draco, el diseño es de Jaime Muñoz Duque; el Edificio la Ceiba, construido en 1967 por la firma A y A y por los arquitectos Alberto Díaz y Jaime Jaramillo; el Teatro Pablo Tobón Uribe, de 1959, construido por Nel Rodríguez; el Aeropuerto Olaya Herrera, construido por Elías Zapata Sierra en 1957. Si bien durante los años veinte y treinta los edificios tenían los nombres de sus dueños, obviamente indicando el poder económico que poseían, ahora resaltan los edificios empresariales con nombres de empresas e instituciones que son muestra también de su magnitud en el ámbito departamental y nacional, si se quiere.
   
Concluimos este resumen de la arquitectura de Medellín señalando también la existencia de una serie de estéticas populares, arquitecturas diversas que desde los años cuarenta han venido aferrándose a la ciudad desde sus goteras, que sólo ha venido siendo reconocida y estudiada desde hace pocos años para acá en textos como el del arquitecto Juan Eduardo Chica Mejía y la obra del artista Fredy Serna, en la que invariablemente se refieren elementos que están ligados a la vida en los barrios de Medellín: El
anden, el quicio, la esquina, las casas sin terminar y con plancha, las fachadas, la calle en pendiente, el callejón, las escaleras, terrazas, unas casas dotadas de una estética más funcional, una lógica de las necesidades, un ejercicio de diseño inacabado, como dijera el mismo Chica.

 

DAVID ZULUAGA PARODI
Historiador