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Medellín, 1928.
Cuando en 1963 María Helena Uribe de E. publicó un libro extaño titulado Polvo y Ceniza, tenía ya una nombradía literaria porque en las solapas primeras de la obra hay comentarios elogiosos de los personajes mejores de las letras, como Fernando González, Carlos Castro Saavedra y Manuel Mejía Vallejo, entre otros. Al parecer, este libro recogió lo usual de suplementos y de revistas, y lo ordenó: algo con aspectos de serie, porque hay estribillos que se repiten en los títulos, como la palabra "grieta".
Nos parece un libro extraño, desde varios puntos de vista: la mayoría de los relatos tienen entidad propia, se cierran como en el cuento, pero algunos de los personajes reaparecen en otro relato que se cierra igualmente. Lo anterior sin que la obra sea una novela, ni un libro de cuentos, ni pueda llamarse capítulo a cada uno de los apartes con un título a la cabeza. Si su estructura se dibujara habría un núcleo. Cristina, de la cual parten radios hacia otras entidades: padre, madre, esposo, hijo. Pero cada una de estas entidades se comunica únicamente con el núcleo. Entre ellas no hay vías.
Algunos de estos capítulos son vivencias, claro. Otros son imaginaciones a este tenor: ¿cómo me vería yo, Cristina, en esta situación?. El relato es una de las soluciones posibles a ese interrogante. Por ejemplo: el sér amado va solo, sin amor. En alguna forma merece la soledad, pero se le perdona. Pero no: vuelve ahí, acompañado de otra que lo ama. Por ejemplo, la autora ha muerto, y desenvuelve la larga teoría de su dolor por los que tienen dolor de su muerte: la llevan luego a la soledad irreversible. Por ejemplo: ahora es vieja, y está en el asilo abandonada de todos. Pero allí están los cipreses y con ellos conversa.
Los relatos más interesantes, para el antólogo, los que topan con los seres humanos no convencionales, se frustran. Tal vez fueron escritos para no mostrar; para eludir, en un no querer ver. La autora topa con la crudeza del mundo, y se asusta de ella: el relato es ese eludir sistemático. Es el rechazo y la atracción del tema, simultáneos, combatiéndose, mezclándose: destruyéndose. Porque úno sabe, sin dudas, que Susana debió haber sido toda una cúspide del relato, y que se quedó corto, ridículamente pudibundo. Tal vez la época en la cual se escribió era más pueril que la de ahora. Se ve muy a las claras cómo esa época presiona a la autora, y cómo ella quiere decir las cosas, tapándolas: no es posible sin deméritos de la obra.
Más de lo mismo anterior, ahora poético y doloroso, con un traje blanco de muchísimos botones puestos deliberadamente para que fueran casi inmumerables y se tardara muchísimo en desabrocharlos, y, con cada uno que dejara su ojal, la tensión y la pasión crecieran. Ni uno solo dejó su ojete. La frustación es también del relato, que apenas sugiere.
Después de este libro único, aunque la autora tiene una novela que no ha dado con su editor, ha publicado relatos aquí y allá, especialmente en la muy exclusiva y ortodoxa Revista Arco. Ahora la época es otra y no constriñe tantísimo y María Helena Uribe ha escrito "Maruja", un cuento notable que enjuicia a una clase terriblemente egoísta e hipócrita, que desconoce la piedad. No la piedad entre los miembros de su clase favorecida, sino la que debiera tenerse hacia las clases lamadas "inferiores". Es un cuento-bisturí que destapa podres.
Su gran cuento es "Circulo Vicioso", un relato corto excelentemente logrado, con un buen repartimiento de los recursos, un poco kafkiano sin influencias de Kafka, ya que cada uno se crea a sus antecesores en el estilo. Un relato ágil, bien logrado, y el que hemos escogido para esta antología. En él, como en todos los de la autora, un dominio de la prosa que a veces se tiñe de poesía.
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