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Jericó, 1923, Medellín 1999.
Desde cuando publicó "La Tierra Éramos Nosotros", una novela muy apegada a las vegas del Río San Juan, y hace ya cuarenta años, Manuel Mejía Vallejo no dejó nunca de estar en la primera línea de los asuntos literarios nacionales, ni, con mucha periodicidad, de dar a imprenta un nuevo volumen, bien una novela, un libro de cuentos, o uno de poemas. Y lo hacía muy bien con los versos: más de un volumen de décimas o de cuartetas o de coplas anda por las bibliotecas, así se le conozca más ampliamente como narrador.
Uno piensa que pocos tan dotados como él, porque pintaba, también, y dibujaba. Carboncillos suyos conocemos de muchos mérito, por no hablar de unos desnudos femeninos bien logrados. Hasta donde sabemos es el único novelista colombiano con dos primeros premios en obras de extensión, uno internacional, y con muchos en el relato corto: deberán ser por los ocho.
Es con José Restrepo Jaramitlo, otro jericoano el escritor antioqueño capaz de desenvolverse igualmente bien en la cuentística o en la novela. Aunque pudieran parecer géneros similares, evidentemente no lo son. Se diría de casi todo escritor que nace una cosa o la otra, pero no las dos. Lo cierto es que en el país colombiano son escasos los escritores capaces de desenvolverse con fortuna en ambos terrenos: sobran dedos de la mano, al contarlos. Lo cual no quiere decir que pueda encontrarse a un novelista que no haya incursionado por el cuento, las más veces sin fortuna. Aunque sí hay una larga, muy larga lista de cuentistas que nunca llegaron a la novela.
Si se compara la cantidad de cuentos de calidad que hayan escrito nuestros escritores, cantidad y calidad, repetimos, es quizá Manuel Mejía Vallejo el mejor de los cuentistas colombianos que conocemos. Suponemos que ha de correr mucha agua debajo de los puentes antes de que aparezca un libro de arentos capaz de igualar o superar a "Tiempo de Sequía" o a "Cuentos de la Zona Tórrida". La mayoría de los que componen estos volúmenes son impecables en la forma, y su técnica es exquisita.
Pero esa técnica es administrada como le conviene: no se nota. Aparece únicamente al analizarla con detenimiento. No interfiere para nada con lo que se narra, que fluye con mucha naturalidad: ese es el tipo de magisterio tan escaso.
Lo mísmo pudiera decírse de sus novelas, que son numerosas y que han tenido premios de tanta validez como el Nadal en España y el Vivencias de Cali. Cuentos y novelas suyos han sido traducidos a muy muchos idiomas: hasta al chino, como nos consta.
Mejía Vallejo es un purista de la gramática. Para él es falta la repetición de una palabra en un párrafo, así sea extenso. Esa repetición le desagrada hasta en una página. Ní siquiera se tolera un módico hipérbaton, por no decir de lo supuestamente cacofónico de empezar una palabra con la misma sílaba en que la anterior termina. La suya, gramaticalmente, es de las prosas más limpias que se escriben en el país, una prosa sin sorpresas ni innovaciones. Pero también perfecta literariamente y que la va bien con todo lo suyo, que sabe bucear hondo en los seres que construye. Su afán gramatical en él es para nosotros una virtud porque está al servicio de la narración, no de la prosa misma para sí.
Manuel Mejía Vallejo dictó, hasta jubilarse, una cátedra de literatura en la Universidad Nacional de Medellín, y orientó el prestigioso Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de la misma ciudad.
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