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Sopetrán, 1934.
No hace ni dos años que Magnolia Hoyos empezó a escribir, al encontrarse con su verdadero yo oculto por años, y luego de su ingreso a uno de los Talleres de Escritores de Medellín. Por su edad física, pues, habría que encasillarla en una generación distinta a la cual pertenece literariamente. En verdad, las fechas significan muy poco.
Porque, además, espiritualmente, es más reciente. Sus modos de pensar, su manera de calibrar los hechos y las morales y las costumbres de las gentes, sus análisis, son frescos. Por su edad debiera ser -como el común- tradicionalista y ortodoxa. Pero su literatura demuestra que encara los viejos problemas -los de siempre- con una visión de ahora, no amoldada.
"Una visitica" es un cuento sin tapujos que aborda antiguas congojas de todos los días: esa, la del amor de dos que, unidos en matrimonio, llega al agotamiento. El amor que se acaba -cuando lo hubo-. O el descubrimiento de su inexistencia, al cabo del tiempo, cuando los hijos no son ya el aglutinante que su protección supone, y entonces el varón se busca otro arrimo y "pone rancho aparte".
La convivencia feliz es un equilibrio en el cual se entrega tanto como se recibe. No necesariamente la misma especie es entregada por cada uno. Por ejemplo una parte puede entregar ternura a cambio de seguridad, y el intercambio se equivale.
Cuando las cosas cambian es porque se estableció un desequilibrio. De pronto alguno no recibe tanto como entrega. A veces nacen de ahí los agravios. Cuando menos el descontento.
En el cuento de Magnolia Hoyos lo que se muestra es la ceguera de una de las partes, su irrevocable incapacidad de entender: y de ahí nacen los desastres.
De ordinario, y en nuestra sociedad no muy analítica, una sola de las partes en conflicto carga con los vituperios del conglomerado, que también eleva, y entonces, a la abandonada a la calidad de "santa", dado que al modo tradicionalista de ver las cosas siempre el hombre es el culpable. Pero, como para las uniones felices, también en las desuniones hay dos responsables.
Pero este cuento doloroso desvela aspectos no muy considerados y exa- minados, trasegando con asuntos morales y sociales de una familia, con la técnica perfecta del diálogo que, bien estructurado en esta narración, consigue los objetivos con eficiencia. Cada frase tiende hacia algo, sintetizado. Y su misma eficacia -la del diálogo- estipula su artificio: sencillamente la gente no dialoga como en los buenos cuentos. Nada es espontáneo en lo artístico. Un cuento, éste, que no admoniciona ni alecciona, sino que expone una serie de hechos. Un cuento muy equilibrado, de secuencias fulgurantes.
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