David Henao Arenas


 

Fredonia, 1873. - Medellín, 1938.

David Henao Arenas se definía a sí mismo como "un obrero textil!". Es lo que fue durante un largo período de su vida, aunque por últimas en las instalaciones fabriles alcanzó estadios superiores que lo hicieron alguna especie de mando medio y también ejerció el periodismo por lapsos relativamente largos en periódicos ahora desaparecidos, como "La Defensa" y "El Diario".
No tuvo estudios académicos, ni fue un autodidacta que se puliera a sí mismo supliendo a 1a academia, ni siquiera un lector desaforado que en el tránsito de los libros adquiere un bagaje cultural ancho y firme.
Pero tuvo, empero, una enormísima sensibilidad, tanto poética como pictórica, y una suma facilidad para concatenar una prosa fluída que era hermosa por sí misma, y que por tanto en sus principios no fue un medio para ahondar en el carácter de los personajes, y le dificultó el entendimiento y la estructuración del cuento. Es un error harto común en quienes se inician en la literatura, y que ellos mismos enmiendan a la postre: la prosa que en sí misma se hermosée no es la literatura. La prosa no es un punto de llegada, sino un camino. David Henao Arenas iba ya por estas enmiendas cuando se le acabó el tiempo topando con una muerte prematura.
Después de haber escrito más de una treintena de cuentos muy apegados a lo terrígeno, y además muy influenciados del estilo de Antonio Cardona Jaramillo, un cuentista del Quindío ducho en su arte, nuestro hombre había iniciado con el título genérico de "La Locura y sus Imágenes" otra serie de cuentos con marco distinto: era ahora la ciudad y eran sus vivencias lo que escribía. Sin duda que con esta serie hubiera alcanzado la notoriedad que quiso y que buscó: ya iba siendo él mismo, horro de influjos.
Notoriedad que hubiera alcanzado quizá antes de su muerte, si no se hubiera ramificado en sus asuntos artísticos; cultivó, abundosamente, además del cuento, la poesía. Y sobre esto, la pintura: a lápiz, a la acuarela, a las guachas y al óleo. Es evidente para cualquiera que en el arte no se puede descollar en más de un asunto: cada uno de ellos ofrece honduras y complejidades que se llevan entero el tiempo de un hombre. Quien se reparte, quien aborda más de una manifestacíón es de necesidad un aficionado en ellas, y no un profesional. Cada forma artística es avara y excluyente.
La mayoría de su producción se publicó en "Lanzadera", un periódico semanal y cultural que para sus trabajadores tiraba Coltejer, que se editó por algo más de nueve años y que sin duda fue notable para su época y sus modos. La obra de este que se decía "obrero textil" jamás fue librificada porque Henao Arenas carecía de los medios, y porque en ese entonces no había entre nosotros la industria editorial que ahora despunta.
Está claro que a la gran mayoría de sus trabajos los superó el tiempo: es lo que hace con casi todas las cosas del arte, que se desfasan. Muy pocas son capaces de valer por fuera de la época suya. ¿Qué vigencia tiene ahora, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez, que fuera Premio Nobel, y cuya poesía un día fue la mayormente connotada?. ¿Quién recuerda ahora a Rubén Darío?. Y, entre nosotros, a Alberto Angel Montoya y Juan Lozano y Lozano, que fueron el non plus ultra?. Igual cosa puede decirse de Tomás Carrasquilla, que navega ahora hacía el olvido, índeclinablemente, superadas sus obras por otras costumbres, otras morales, otros modos. No es pues una característica propia sólamente de Henao Arenas, pero que sí se cumplió en lo suyo con una rapidez mayor, tal vez porque los libros permanecen por un tiempo más largo, se cuidan más, tienen vida más larga de los periódicos o las revistas que languidecen en bibliotecas públicas o atesorados por sus editores. El olvido llueve y arrecia con mayor prontitud sobre quienes no publicaron libros.
El cuento de Henao Arenas que hemos escogido es un buen cuento: pinta las costumbres draconianas de una época con morales distintas a las de ahora, tal vez execrables, con mujeres que debieron ser puras como el diamante, contra su naturaleza, o pagar un precio inaudito: eran rechazadas de sus hogares, de su sociedad, de su pueblo, inmisericordemente.
Alguna vez, con sus desgastes a cuestas, volvían. Como la del cuento.