Rosario Grillo de Salgado


 

Sonsón (Antioquia) 1856.

Mis padres fueron el doctor Miguel Grillo, oriundo de Cundinamarca, nieto y sobrino de los Grillos que fueron fusilados en la independencia en la ciudad de Facatativá y mi madre era Jaramillo Álvarez del Pino, de los fundadores de Sonsón.
No hice estudios ningunos, porque en esa época no había en ese lugar, y en otros lugares de Antioquia, sino escuelas públicas o privadas de primera enseñanza, en donde se obligaba a los niños a aprender de memoria la historia sagrada, el Fleury, El libro del estudiante de don José Joaquín Ortíz, etc., por medio de castigos y pequeños suplicios, que hacían aborrecer el estudio y lo más doloroso, aun ese odio infantil alcanzaba a los institutores. De los seis a los siete años, estuve en el llamado colegio de Sonsón, regentado por una señora de quien se decía que era muy instruida e inteligente; pero extravagante y rígida -por no decir cruel- que enarbolaba una pretina de rejos retorcidos que esgrimía, con deleitación, sobre las espaldas de los chiquillos menores de diez años, por el delito de olvidar o equivocarse en la recitación, debido, casi siempre, al terror que experimentaban al llamamiento de la terrible maestra. En honor de la verdad debo decir que yo no fui castigada en ese colegio mixto, porque mi buena memoria me favoreció y no temblaba como los demás, igual que si los llevaran al cadalso. Esa señora -respetable por demás- educó varias generaciones, acabando por morir loca a muy avanzada edad.
Viví después, mucho tiempo, en el campo, con mi familia; pero mi amor por la literatura era tan grande, que robaba a mis quehaceres (pues era la segunda de una familia numerosísima) ratos para leer, escribir y estudiar algo. Escribí versos desde muy niña, los que no quise publicar sino después de casada, lo que hizo mi marido, en un periodiquillo literario de Manizales (donde vivimos varios años, y donde me casé con el señor Cupertino Salgado), allá por los años 83 a 84 y que fueron reproducidos en algunos periódicos literarios de la época, en Bogotá. Después de que me casé, no quise volver a escribir más, porque me dediqué a los deberes de esposa y madre y por temor de mi insuficiencia y falta de instrucción. Hará menos de una década, alguna vez, con motivo de un concurso de cuentos para El Diario Nacional ensayé escribir uno, el que sacó el primer premio con otro -no recuerdo de quién-. Desde entonces he escrito muy poco, casi siempre cuentos, porque mi imaginación de joven fue exuberante; hoy en la edad madura no da de por sí nada más. El destino ha sido cruel conmigo y he pasado por dolorosas pruebas, pero... como dijo el gran poeta antioqueño Gutiérrez González: "Basta...¡Las penas tienen su pudor"! Y en la fe cristiana, en el trabajo y en el deber cumplido, he hallado fuerzas para vivir mi vida.

 

 
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