Tulio González Vélez


 

Bolívar (Ant.), 1906. - Bolívar, 1968.

La obra de Tulio González Vélez como cuentista no es muy extensa. Se conocen doce cuentos de su libro unigénito El Ultimo Arriero y Otros Cuentos, y tal vez otros dos o tres que andan por revistas y periódicos, dispersos, dificilísimos de reacuperar. Pero este volumen solitario coloca a su autor entre los mejores de la cuentística nacional, así haya tenido una sola edición reducida, y que su fecha de publicación sea tan lejana como el año de 1939.
No es raro que sea así: los cuentos de este autor están llenos de una ancha perfección, devenida de un trabajo riguroso, un trabajo de autocrítica y de sistema muy logrado. Lo mejor es que ese trabajo de preparación y de realización no se nota en el cuento mismo, que aparece a primera vista muy fácil en su transcurrir, pero que se demuestra al ahondar en él.
El Ultimo Arriero, el mayormente divulgado de sus cuentos logra un retrato magistral de una época de cambio, y de la idiosincracia de los personajes que se adaptan camaleónicamente al devenir, llenos de marrullas y de mañas. Cambian de oficio de un día para el otro: las mulas por el camión de escalera; el zurriago por la palanca de cambios; las trochas por la carretera. Pero ellos mismos no cambian: eran transformistas sin que lo hubieran sabido, adaptables como la oera, y esa es la esencia del cuento magnífico que atrapa de entrada a final.
Sin embargo, el que hemos escogido para esta Antología, De Vuelta al Yunque tiene tal vez virtudes mayores para mostrar a otra clase de seres, que son clase. La clase de la "gente bien", sufrida, muy característica de los pueblos de Antioquia, que no tiene para ufanarse sino su raza, pero que ordinariamente carece de bienes de fortuna y está mordida un día sí y el siguiente también de carencias sin misericordia. Una clase que ciertamente cree que hay apellidos mejores que otros; que asegura que hay apellidos de blancos y apellidos de mulatos. Que cree que el dinero, aún en demasías no eleva a nadie. Que cree en sangres descontaminadas, en pergaminos rancios, en blasones.
A veces esos pergaminos y esos blasones existen no únicamente en la tradición: no son una herencia quimérica sino crujiente. Empolvados, añosos, dibujados preciosamente, teñidos del sinople, del gualda, del sable, y libres de barras de bastardía, reposan sus ranciuras en baúles y en escaparates, escondidos: no son para mostrarlos, sino para ser sabidos de sus dueños herederos que se calientan a ese sol de nobleza para atemperar los fríos de sus venidas a menos, estruendosas. Para paliar las menosmiradas que les caen de gentecillas idas a más. Quizá algún locato de entre sus antecesores desamasó alguna fortuna y legó a sus descendientes no otra cosa que el orgullo de la casta y los pergaminos.
Quien haya vivido, y sufrido, a los pueblos, lo sabe: y encuentra entonces en los diálogos de Tulio González la entrada a esa larga calle de la agonía de esas gentes que aparecen vivas en su cuento, respirando en él, luengamente naturales víviendo sus vidas.
El haber querido representar por medio de las letras un supuesto modo de hablar de las gentes de los pueblos, que no es real y sí muy a los modos de Carrasquilla que mal inftuenciaba, del Carrasca del cual González se aceptaba discípulo, opaca apenas levemente y ligeramente, camo un pálido pecado venial, los diálogos de Tulio. "Traducidos" al español esos díálogos son muy eficaces para revelar a los personajes, aunque esa "traducción" no sea necesaria en el cuento escogido porque en él no se emplea el tipismo crítícado.
En crónicas de mucho sabor y mucha agudeza, en los periódicos de Antioquia, especialmente El Colombiano, Tulio González Vélez dejó una obra de mayor amplitud. Memorables son sus "Semblanzas", esto es retratos escritos de personajes nativos y foráneos. Entre ellas destaca con brillantez la que híciera de Tomás Carrasquílla. Una serie que algún estudíoso debiera rescatar.

 

 
Obras
 

 
De vuelta al yunque  
 
Rafael Arredondo  
 
El último arriero