Mario Franco Ruiz


 

Medellín, 1921.

En alguna publicación de importancia se escribió un día hace años, por alguien que debería saberlo bien, que "el meridiano de la cuentística antioqueña pasaba entonces por Mario Franco Ruíz y Oscar Hernández Monsalve" quizá los dos únicos que en ese momento (aparte los consagrados y los que andaban por Centroamérica) ejercían el relato corto, cuando entre nosotros la narrativa se alertargaba "adorable pero mortalmente". Estaba en ellos, como en ninguno otro la promesa de esplendideces en el cuento y en la novela, y con abundancia. Sus producciones se sucedían, espaciadas sólamente por la creación. Eran todo un futuro de la literatura, presentido no únicamente por el de las palabras citadas, sino en muchos otros círculos, y de ambos se ocupaba la prensa con frecuencia en sus apartes dedicados a la cultura.
Sin embargo ninguno de los dos ha cumplido una obra extensa dentro de la narrativa, y publicada en libros en los cuales sea posible, no únicamente saborearla, sino hallarla. Porque rastrear por periódicos y revistas es a más de dificultuoso, muy ingrato. Es verdad que Oscar Hernández ha cumplido, además de la narrativa, con una extensa y excelente obra poética. Pero de Mario Franco Ruíz aparece publicado nada más que "Los Hijos de Job", un libro de relatos que ofrece desigualdades, y se sabe que escribió también una novela que continúa inédita. Hace ya muchos años que no hay noticias suyas literarias, ni se ocupan de él las páginas culturales de los periódicos, ni sus suplementos.
Sus cuentos (nueve publicados en un libro) con dos, o acaso tres excepciones, son muy peculiares. Algunos carecen de muchos de los elementos que son propios del relato corto, y más parecen una serie de disquisiciones filosóficas, sociales o religiosas, muy subjetivamente tratadas. Además se envuelven en un clima poético en donde las frases hermosas abundan, estropeando, a nuestro ver, el conjunto, y si es cierto que el cuento es síntesis y que en él todo lo que no sea absolutamente necesario sobra de necesidad.
Además no es que sean cuentos fáciles, ni para todo lector. Mario Franco parece requerirlos muy selectos. Usa con denuedo de las paráfrasis y las ampliaciones, y aún itera. Sin embargo, las fuerzas que cohesionan sus relatos son muy intensas y el lector acucioso encuentra pronto que pese a sus defectos -estrictamente formales- hay en él un cuentista muy bueno que, si ha continuado con su labor literaria, así sea sin publicarla, tendrá que haberse depurado en una madurez y haber alcanzado una maestría.
Para nosoti~os su cuento más bello es "La Niña de las Piernas Verdes" que se desenvuelve en un pueblo, y en el cual el autor ha traspolado sin duda un argumento desgarrador. Sin embargo, "Job" es el seleccionado para esta antología porque, como "Vivo de mi Llaga" que es social, es un cuento de tesis con una muy firme y trascendente que involucra el destino del hombre y sus relaciones sin lógica con la divinidad. Esas relaciones el autor no quiere interpretarlas, con mucha habilidad, sino que las expone. Es de esta manera como nos acerca a un Job cuyas virtudes no son ciertamente las de la paciencia y la resignación que tan estereotipadamente se utilizan en los púlpitos. Mario Franco Ruíz nos demuestra a un Job egoísta y monstruoso para quien las vidas de sus hijos y de sus regimientos de animales tienen menos importancia que sus relaciones con Yavé, que interpreta Job y no Yavé. Para este Job, orgulloso de sus menguas, el yo individual se coloca por encima de todo. Para el antólogo es muy claro que en este cuento las llagas podridas de Job llegaban hasta su propia alma, y que en ella supuraban igualmente sus desagrados otras puses espirituales.
Qué gran cuento el de Franco Ruiz.
Es un relato relativamente largo, en el cual el diálogo se emplea con suficiente propiedad, asunto este, el del uso del diálogo, que es raro entre nuestros escritores.
El diálogo es difícil, quizá porque omite por naturaleza el adjetivo al cual somos tan inclinados, y porque su desarrollo no es en modo alguno casual: nada más elaborado que un buen diálogo. Los personajes no conversan por hacerlo, ni tratan futezas, sino meollos del cuento mismo: cada frase que "pronuncian" está destinada a conducir a algo. Todo el diálogo debe ser una tendencia a un objetivo que el autor determinó, y déberá llenarse de cosas implícitas.
Pero si el diálogo es dificultuoso muy mucho, es en cambio una herramienta muy eficaz para el escritor que logre dominarlo. En el caso de Franco Ruiz y el cuento seleccionado el diálogo que emplea con habilidad lo aleja de frases brillantes y de adjetivos con brillo y lo hace ir a pique en lo que importa: su tesis.
Hay asuntos que el antólogo quisiera saber porque entrañan necesariamente cosas de mucha importancia. Por ejemplo: ¿por qué deja de escribir un buen escritor y desaparece de qué hacer cultural?. ¿Una profesión triunfante lo absorbió, en el caso de Franco Ruíz?. O, si esa labor continuó callada, ¿por qué el silencio, por qué la no publicación?.

 

 
Obra
 

 
"Los Hijos de Job"