| |
Medellín, 1940.
De Jaime Espinel dije en alguna de esas tertulias de bla-bla a las cuales parece imposible sustraerse por completo, que era un gran cuentista con mala suerte. Deberá ser cierto. Úno no alcanza a explicarse cómo los catorce cuentos publicados por este hombre, largo y seco como una lanza, no alcanzan la difusión que merecen, no le traen un reconocimiento que otros, con menos cuentos menos buenos, han logrado con mayor rapidez. En no hallándole las razones, úno se pega, como de un clavo caliente, de esos imponderables de buena suerte, y de mala.
No importa demasiado, suponemos, el reconocimiento público de una obra o de una labor. El artista verdadero no va tras del triunfo, no tras de la fama, molesta bastante si hemos de creerle a quienes la padecen. A veces le llegan, pero no es lo que importa. Lo que él persigue es esa esquiva perfección de la obra. La perfección, que se traga todos sus amores, sus tiempos, sus esfuerzos. Sólamente así es posible entender a un Van Goh, enamorado mientras los pintaba, de cada uno de sus numerosos cuadros. Entiende al escritor que termina una novela y empieza otra, aunque no lo editen, o aunque no se venda si lo editaron. Para el artista perseguir las bellezas que tiene adentro de sí, plasmarlas con pluma, pincel o cincel, es ya el goce. El triunfo, si es que llega, es accesorio.
Jaime Espinel ha publicado dos libros, cada uno con siete relatos magníficos: cada uno de éstos está por encima del nivel de calidad medio que ofrecen entre nosotros los que publican cuentos. Los suyos, de un final súbito y no entrevisto, electrizante pero nunca ilógico, deberían hace rato haberlo consagrado. Lo ciertamente triste es que no lo conoce casi nadie. El primero de sus libros, "Esta y mis otras Muertes", publicado en 1975 por Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia, reveló a uno que pudo llegar a la cuentística con un estilo maduro y propio. Ya se había entrevisto en las publicaciones de suplementos literarios con relatos ganadores de concursos. El segundo, aparecido seis años después bajo los auspicios de la Universidad de Medellín, reafirmó y acrecentó lo anterior, esto es: una temática urbana en forma completa, en donde es posible ver ebullendo a un mundo subyacente de guapos de barriada, de traficantes, jugadores de billar, desocupados, presos, y con ellos a las martingalas de las cuales echan mano. Con ellos sus usos, sus maneras, sus modos. Por los cuentos desfila la carrera 45 de Medellín, en la parte tocante a Manrique, una carrera que es un mundo dentro del otro de la ciudad, y en cuyos bares, calles, cantinas, flotó el tango sobre la música vernácula hasta ahogarla. Una calle en la cual se habla de Gardel como si estuviera vivo, a los cincuenta y más años de su muerte, y se afirma con toda la seriedad del caso "que cada día canta mejor".
E1 estilo de Jaime Espinel es peculiar: sus relatos están puestos en primera persona, una que monologa sabia y largamente, y estructurados en un tiempo que podría ser el presente pero que está más allá que éste, más absoluto: alguna especie de tiempo eterno en el cual las cosas ocurren continuamente y pesadillescamente.
Tal vez en Antioquia no hay sino otro escritor joven que, con Espinel, se preocupe de lo atañedero al lenguaje, de buscarle -y hallarle- sus posibilidades, más allá de lo retórico y de lo académico. El otro es Oscar Castro: los dos, de distintas y magníficas maneras, cada uno por su lado, se han creado su lenguaje propio dentro del lenguaje de todos, y se han ido de lo manido y adocenado.
No quiere significar lo anterior que las solas posibilidades del lenguaje hagan el arte, ni tampoco que está fuera de él quien se atiene a lo convencional: el lenguaje es una herramienta y -como las herramientas- cuando se lo modifica sirve a fines especiales: así se obtienen y así los siente el lector. En los relatos de estos dos hay otro sabor, y -de contera-, otro sonido musical. Porque las palabras tendrán la música que les endilgue quien las maneja.
Perteneciendo, como lo hizo, al Nadaísmo, el más estruendoso de los movimientos literarios que se hayan dado en la nación, Jaime Espinel enalteció al movimiento, no fue enaltecido por él: nada le debe al conjunto. No es, por demás, una excepción: es lo de siempre, porque el arte es un producto del individuo.
Tal vez Espinel haya sido el eje sobre el cual giró la literatura colombiana de tener para sus producciones un marco dúplice, rural y urbano, a uno meramente ciudadano: se entiende como una circunstancia y no como un mérito, que no lo es. Espinel bebió todo de la ciudad, y es lo que devuelve. Los que respiraron el campo y la urbe hacn de ellos sus temas: el artista es algo en el cual encuentran su reflejo los ambientes.
Jaime Espinel es uno de los tres o cuatro cuentistas notables que tiene Antioquia, y por extensión el país. Domina a cabalidad todo lo atañedero al cuento, con un dominio que no es perceptible por el lector. Más claro: en él, como en todo buen escritor, la maestría no se ve sino que actúa. Y es también, en una mezcla extraña, iterando, de los menos conocidos. La culpa no es -claramente- de sus cuentos, sino quizá de las ediciones. La primera, la que tiró la Universidad de Antioquia, no circuló muy bien. Las ediciones de la Universidad de Medellín sí circulan: van a bibliotecas, a universidades de dentro y fuera del país, y corresponden a canjes importantes. Pero también adolecen de una mínima falla: no llegan, o lo hacen poco, al lector común y corriente, el que compra en las librerías a los autores comercializados.
Cuando la comercialización correcta de sus cuentos llegue a Jaime Espinel, el país de los lectores va a reconocerlo por lo que es: un gran cuentista. El que se escogió para esta Antología tuvo ocurrencia muy fácil de ubicar: en el Salón de Billares de la Macarena del antiguo Medellín, sito que fue en la esquina en donde hoy está el Teatro Lido. Era el lugar mejor y más dotado para que quienes trasegaban con las tres bolas, los tacos y las cuatro bandas, y que desapareció con otras cosas amables, como en la canción de las casas viejas. |
|