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Santafe de Antioquia, 1871. - Bogotá, 1931.
Entre Jesús del Corral y Alfonso Castro, su coetáneo, hay más de una notable similitud en lo atañedero a quisicosas literarias. Como el médico, Jesús del Corral tiene un sólo cuento antologable, que de hecho aparece en cuanta antología se publica, y ningún otro que sea siquiera digno de mención. Pero, lo mismo que el de Alfonso Castro, es el suyo un cuento notabilísimo, lleno de virtudes: es natural, fresco, convincente, ameno. Tiene como personaje principal a uno fuera de serie. Un cuento lleno de los dones de la literatura mejor, uno de esos que la gente lee y se engaña en las deducciones sin acierto: se cree que !a maestría es fáci! porque el trabajo del autor no se percibe. Arduo por demás, ese trabajo aparece sin complicaciones y hasta el menos fantaseador de los principiantes se cree que puede escribir uno igual a ese.
El nacido en las vegas ardidas del Tonusco publicó un solo libro, en el cual aparece "Que Pase el Aserrador" al lado de otros muchos cronicones impresos tal vez en periódicos de la época y a los cuales el tiempo ha vituperado despojándolos del obvio interés social y político que debieron tener en el día de su publicación. Pero no son relatos; de ellos únicamente "El Ornitorrinco" pudiera tener visos y organización que lo aproximen al cuento, pero su tratamiento, y el tema, carecen obviamente de interés. La prosa de este cronicón, empero, tiene la misma gracia juguetona de "Que Pase sl Aserrador", lo cual hace pensar seriamente en que el tema de un relato tiene mayor valor del que usualmente se le atribuye, contrariamente a lo propugnado por algunos tratadistas que afirman que carece de importancia y que un buen escritor es capaz de sacar partido hasta del tema más anodino.
Con todo y vituperada por el tiempo la prosa de Jesús del Corral puede citarse como ejemplo adecuado del bien escribir. Carece de adornos destinados a "embellecerla". No se escribe para lucimiento de la prosa misma, sino que trasciende y tiene el propósito de llevar al lector al meollo del asunto. Limpia de adjetivos y de frases que por sí mismas puedan aparecer encantadoras pero que restan fuerza al contenido, la prosa de Del Corral es objetiva y certera.
Jesús del Corral era dueño de un humor ácido, y lo empleó con profusión en sus crónicas. Un humor de su época, que aparece también ofendido con los cambios. Es lo que pasa siempre: el mundo se transforma, pero la obra literaria permanece sin modificaciones, hasta que se desfasa por completo. Pocas, muy mucho pocas son las obras que tienen la virtud indeterminada de ser inmunes al paso de los años.
Para el antólogo aparece un tanto incomprensible el caso de Jesús del Corral y de su único cuento, que además es un cuento maestro. Escribir un cuento de esta categoría tan exclusiva es desde luego asunto de experiencias repetidas que hacen la maestría, de las constancias de un ejercicio y del otro. Esto ocurre no sólamente en los asuntos artísticos, sino hasta en los más comunes del deporte. Es decir que a la maestría de escribir cuentos (disposición y talento aparte) se arriba con la práctica. Es ese el camino que cada uno de los maestros recorrió. Cuando úno trajina entre papelotes vejancones encuentra de ellos los ejercicios iniciales, en los cuales se nota el talento pero de donde la maestría está ausente. Están la inclinación y el talento, pero no la dominación. De ordinario esos ejercicios son muy ilustradores de lo empinada que es la maestría, de lo luenga, de lo dificultosa. Pero de Jesús del Corral úno no halla las huellas primeras.
Tal pareciera que lo insólito ocurrió, esto es que el escritor de un sólo cuento hubiera logrado la perfección con él, y llegado a cuanta antología nacional o regional se imprime. Es la única explicación, así no sea satisfactoria, porque además su obra librificada es tan corta como un sólo libro.
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