Carlos Castro Saavedra


 

Medellín, 1924, Medellín 1975.

Colombia es una tierra de poetas, ya lo dijo Rubén Darío. En donde ha habido tantos tan desmesuradamente grandes que sería casi imposible señalar al mejor. "El mejor son como diez", que dijo algún ingenuo entusiasta cuando afrontó el dilema. Prosódicamente absurda, la frase se vale bien.
Entre esos diez mejores de toda la historia de la nación está indudablemente Carlos Castro Saavedra, uno cuya poesía es inmensa no únicamente en la cantidad de sus libros (sólo Neruda tiene más), sino por la calidad. Una poesía desparramada por América y por los idiomas como veinte mil ríos amazónicos. Un poeta que debería hace mucho tiempo tener el Premio Nobel de Literatura si en este país supiéramos lo que tenemos y lo hiciéramos valer.
Porque se lo merece.
A más de alrededor de veinte libros de poemas, Carlos Castro conformaría muchos más con los temas poéticos que ha publicado en periódicos, en una prosa que poco difiere de los versos. Porque él, como el Midas fabuloso que convertía en oro lo que tocaba, torna poesía todo tema que aborda. La verdad monda estaría en afirmar que a él lo difícil le estuvo en ser prosaico.
Alguna vez caminó el cuento, y el resultado fue "Cuatro Mujeres de Ceniza", que aparece en esta antología, no por los méritos de un gran poeta, sino porque es un gran cuento. Lo es con todas las de la ley: en su estructura, en sus personajes, en su desarrollo. Escrito en una época nefasta que le costó a Colombia muertos incalculables (algunos dicen que cincuenta mil, otros que cien mil, nunca se sabrá) pinta hasta ei cansancio de lo iteradamente bueno lo que fueron algunos de esos que hicieron la violencia: ahorcaban a sus contrarios de ideología, una ideología que tampoco ha estado nunca muy clara porque en este país los dos partidos tradicionales tienen estructuras tan parecidas que se asemejan a las de los gemelos, los ahorcaban tranquilamente con la serenidad de quien cumple con un deber y después, como en todos los días anteriores y posteriores de sus vidas incomprensibles rezaban unciosamente el rosario: para ellos ahorcar, fusilar, desplazar a sus contrarios fue un deber tanto tan meritorio como aspergar al diablo, para inutilizarlo, con agua bendita.
Ese es el meollo del cuento magnífico, visto a través de unas solteronas y de unos azulejos. Hay un símbolo muy bien logrado en estos pájaros. No sólo por la connotación de su nombre genérico, "pájaro", apelativo que el país dio a los asesinos oficiales, sino también por su color que fue el de uno de dos partidos fratricidas. Porque los azulejos no cantan: son pájaros de desagradable chillido, y en modo alguno son usuales como decoración en los hogares.
Carlos Castro intentó también la novela, con menos fortuna a nuestro parecer, aun cuando "Adán Ceniza" se haya llevado el primer premio en el certamen de carácter nacional en el cual participó. Por ser un trabajo de mayor aliento, la estructura de la novela se resiente de muchas dificultades que el poeta no fue capaz de resolver, porque los quiebres abruptos son numerosos, los empates dejan ver las costuras, la coherencia se quiebra. La obra tiene aciertos muy meritorios, a trechos, considerados por sí mismos. Lo que falla es el conjunto ensamblado, en donde las imágenes suplantan a los hechos.
Es curioso cómo, en los dos asuntos narrativos del poeta, los dos que se han hecho públicos, la ceniza hace a los seres desde el título. Las mujeres son de este rescoldo, y Adán también: lo son desde en vida: la que queda después de la desintegración es su corroboración.

 

 
Obras
 

 
Canto los ríos de la noche  
 
Cuatro mujeres de ceniza  
 
María, madre de Dios y de los vientos  
 
Por Méjico y Porfirio  
 
Voz de metal para los hombres caídos en la guerra  
 
Adán ceniza