Medellín, 1940. De Jaime Espinel dije en alguna de esas tertulias de bla-bla a las cuales parece imposible sustraerse por completo, que era un gran cuentista con mala suerte. Deberá ser cierto. Úno no alcanza a explicarse cómo los catorce cuentos publicados por este hombre, largo y seco como una lanza, no alcanzan la difusión que merecen, no le traen un reconocimiento que otros, con menos cuentos menos buenos, han logrado con mayor rapidez. En no hallándole las razones, úno se pega, como de un clavo caliente, de esos imponderables de buena suerte, y de mala. No importa demasiado, suponemos, el reconocimiento público de una obra o de una labor. El artista verdadero no va tras del triunfo, no tras de la fama, molesta bastante si hemos de creerle a quienes la padecen. A veces le llegan, pero no es lo que importa...