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Fotografía Gavassa
 
PASADO Y PRESENTE DE UNA FOTOGRAFIA HISTORICA
 

El arte de la fotografía, representado en estas placas de Don Quintilio Gavassa, es el decir de muchas costumbres, hechos, gentes y situaciones, que van desde las pautas históricas hasta la sencillez de una pose, pero que al verlas aquí plasmadas cronológicamente, bajo el recuento de su propia vida, conjugada con la de aquellas ciudades, traen un verdadero recuerdo a quienes las miran tranquilamente....

Unas veces nostálgico, otras alegres, pero en todas dice algo; existió un pasado muy hermoso, tranquilo y apacible, lleno de grandes experiencias, personajes y sucesos, quedándonos dos cosas muy importantes: aquellas situaciones pasadas que de una u otra forma son la solidificación costumbrista, política y económica de nuestros pueblos, y el vivo retrato de cada una de ellas.

UNAS PALABRAS...
En el siglo XVII valerosos emisarios de antiguas culturas, de pueblos agonizantes, violaron el territorio de nuestros ancestros y pletóricos de acción se traparon delirantes sobre el poder de los sabios de la América frondosa que no sabia el maleficio que destiñe el corazón. Una aventura de profetas de la guerra, de castos amantes que anhelaban el exótico palpitar de un mundo nuevo, de opulentos labradores asediados por la historia de milenios y por el ejemplar mudez de reyes y de cortesanos que montaban sus cuerpos sobre estatuas frías en simbolismo histórico, empezaron a llegar como ángeles con ramilletes de ilusión, para compartir con los nuestros, en comunión cristalina el pan de los dioses, el trabajo fecundo y hasta la terquedad de la muerte que desde ayer ha dejado cruces emocionadas sobre los cementerios laicos y a la orilla luminosa de los senderos por donde siempre han pasado inmigrantes con apellidos ensortijados mas allá de los mares que limitan a los pueblos y a las multitudes clamorosas de esperanza.

Europa aporto desde el comienzo de la conquista anhelada el trajín cotidiano de navegantes que se enamoraron del coro de nuestras estrellas, de cadetes de la guerra, de oficiantes del Evangelio incontrastable, de químicos que abrieron las venas de la tierra para encender el paisaje con los destellos del oro puro con el cual se tallaron las diademas en los templos y se enriquecieron las áreas de los enemigos del indio colombiano. España, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia vinieron hasta nosotros, con la intervención de sus súbditos, en palpitante evocación de sentimientos de esperanza y de promesas de amor. Y aportaron a la común semblanza de la historia, la presencia de majestuosos caminantes que han descifrado la leyenda admirable de la vida. José Celestino Mutis, fue quizás el mas representativo y formidable artífice de este trasplante humano. Su apellido quedo para siempre en el relicario de Bucaramanga porque aquí se prolongo y aun se escucha su consoladora orquestación. Y junto a ese fervoroso creyente de las plantas que todavía, en la distancia de los años y de las vicisitudes, exhalan su aroma en indeclinable plegaria a la capital del Estado de los Comuneros, otros corazones tempestuosos, de hombres libres como el cielo, de forjadores del desarrollo legitimo, de visionarios del engrandecimiento humano, pertenecen, por derecho de gratitud, a la lejanía de nuestro pasado y a la certeza de nuestro futuro.

Bucaramanga ha sido una ciudad formalizada con el concursos de inmigrantes que estrechan sus apellidos en tradición civilizada. Los legionarios ingleses, primeros en la acción libertadora y en la plegaria a la justicia, vinieron a la ciudad y compartieron con el Libertador el calendario de la Patria. Un edecán francés describió a Bolívar y a su aldea gratificada en paginas de color humano, de vigencia eterna. Pasada la epopeya de la libertad, trazada la fisonomía de la igualdad, los extranjeros residentes en la capital del Estado Soberano le ofrecieron al país un formidable espectáculo de progreso. Fundaron la primera empresa de transporte aéreo. Establecieron el alumbrado eléctrico. Abrieron bancos, consulados, empresa importadoras de las ultimas novedades europeas, talleres para la fabricación de maquinaria agrícola y una cervecería que aun pregona la bondad de su nombre. Pero a la ciudad llegaron también, en horrible promoción de hombres, los abanderados colombianos de los partidos recién presentados al mundo con sus señales de poder y de disputa. Ellos, a su acomodo satánico, nos fatigaron con paginas lastimosas porque se perdió el color nutricio de la sangre inocente y se oyó el terrible latido del corazón de los moribundos en defensa de causas sociales sin enmienda.

Primero bajo los efectos de la política que confunde a las naciones y luego bajo los argumentos asfixiantes de los ideólogos municipales y de los protagonistas que agitaron en sus manos convulsionadas por el odio los crespones de la culebra Pico de Oro, Bucaramanga pareció, en un instante negro de su historia, un sepulcro donde se estremecían los banderines de los comediantes republicanos. Pero la ciudad se perdió la hermosura de su rostro, la fe de su pueblo, el pensamiento obligatorio de su destino. Y, así, ensordecida por la estridencia de los fusileros de todos los regímenes totalitarios que aman la discordia y la batalla desigual, ruborizada por la guerra desatada contra los empresario de la transformación económica y moral, siguió de brazo, como virgen santa, con sus mejores hijos y con sus huéspedes que se salvaron de la tragedia porque estaban embelesados con los astros que alumbran en noches de color.

Ahora la ciudad es otra. Tiene nuevos argumentos de poder. Parece una cuna de cemento, en medio de la majestad de los Andes, con edificios que desafían a las tempestades. Está cubierta, en su caprichosa proyección urbana, con andenes de cansancio humano. Tiene fabricas de humo que matan los pulmones de los hombres. Los niños pobres oran en silencio con lagrimas de amor y aprietan, recatados, su corona de exilio, en medio del progreso que contagia privilegios. Los templos siguen casi vacíos porque en tardes de crepúsculo se oye un carnaval de tragedia. La ciudad crece como la yerba bendita. No se tortura ni se detiene ante las tragedias ajenas. Pero el hombre anciano, el patriarca revestido con el habito de la vida que tiene la dulce piedad de la esperanza, la observa con respecto emocionado porque sabe la verdad de su existencia, porque en años ya lejanos por el tiempo que marchita, vivió la romería milagrosa que en el amanecer desnudo de la ciudad, proyecto para siempre el despertar de su caridad sin limite.

Esta señora Bucaramanga que así llamaron los poetas cuando pintaron para siempre su silueta espiritual, se ha salvado del olvido, de la indiferencia hacia sus claustros frescos donde se han formado varias generaciones de hombres pensantes. Todo esto por la obra artística de un castizo visitante que llego a América en 1878, procedente de la Isla de Elba, allá sobre el Mediterráneo esplendoroso, donde aun se conserva la casa paterna, muy cerca, en su vecindad histórica, a la prisión donde cumplió Napoleon sus penas de amargura en 1814.

Impulsos del alma, afectos románticos que tienen los hombres cuando quieren ver crecer el mundo, aun devorando las distancias y los compromisos de la infancia, le ofrecieron a don Quintilio Gavassa Mibelli la feliz ventaja de sentir la piel resistente de otra raza que necesitaba el privilegio del trabajo organizado para desvanecer el sombrío panorama del atraso. Por esto se integro a Santander. Formó un hogar lucentisimo con una dama de claros pensamientos. Y se entrego plenamente, con alborozo, a la transformación de un pueblo que recoge con respecto su memoria.

Cerca a la ciudad santificada de Nueva Pamplona fundo los “Molinos del Zulia”. Luego le ofreció a Bucaramanga en 1898 la fabrica de las Pastas “ La Italiana “ que sigue prolongando el emblema de familia y su devoción por la lucha del obrero. Fue administrador de la construcción del Club del Comercio de la ciudad y afronto la primera huelga cuando escasearon los dineros para cancelar el salario de los técnicos que laboraban bajo la dirección de Pedro Colon Monticoni, un ingeniero oriundo también del reino de Humberto I.

La empresa de cigarros “ La Honradez “ fue otra de las realizaciones de don Quintilio Gavassa Mibelli. Funcionó durante varios años. Y acredito la bondad de las hojas del tabaco girones, madurado con la intensidad de la canícula y la experiencia de manos de mujer consagradas a la diaria alegría del trabajo.

don Quintilio Gavassa Mibelli fue un hombre de empresa como pocos en su tiempo. un visionario del progreso. Un trabajador insobornable en función de la moral. Palpo las alegrías y los dolores propios de su época. La escasez de los mestizos. La ejemplar resistencia del hombre americano que agonizaba adolorido sobre los pliegues de un trópico voraz. Cuando la guerra de los mil días y las mil noches en relámpagos, descendieron sobre el los lazos de la prisión pero los aceros quebrados por los batallones fratricidas no enmudecieron la potestad de su amor a Colombia.

En la ciudad de Cúcuta aprendió el arte de copiar con su lente los secretos del mundo. El fotógrafo mexicano Martínez León fue su maestro. Y desde entonces descifro con sus pupilas y con la intensidad de su sensibilidad, el retrato moral y físico de ciudades y de pueblos, de hombres y de cosas de Dios.

Cuando Bucaramanga era apenas una villa sosegada, de costumbres austeras, con casas pajizas, recatada ante los misterios de la muerte, en 1894, Don Quintilio Gavassa Mibeli abrió a un lado de la Calle Real, varias cuadras arriba del lugar donde fue ajusticiado el asesino del sabio Eloy Valenzuela, un estudio fotográfico. Dentro de ese gabinete, en placas de vidrio, se encendió el historial de nuestra raza. Allí quedo en huellas de arte y de buen gusto el espíritu de un pueblo, la prestancia de una sociedad, la resonancia de sus principios filosóficos, las plazas de la naciente urbe y todo absolutamente todo, aquello que profundiza la actitud contemplativa, el folclore, la leyenda y la vida misma de los pueblos.

En sus comienzos el fotógrafo debía ser un artista múltiple. Y don Quintilio Gavassa Mibelli lo fue. Sabia los principios de los alquimistas y con esto supero los obstáculos de la nueva ciencia. El preparaba los materiales incluyendo las placas húmedas que salían de la obscuridad como pregones de contraste para recibir una exposición lenta. Talvez estas exigencias lo capacitaron, durante muchos años, por sobre todos los obstáculos, para convertirse en el mas eficiente notario de nuestra ciudad. En el artista insuperado que asistió al nacimiento de Bucaramanga.

La “ Fotografía Gavassa “ fue una institución bucamanguesa que detuvo el paso intrépido del tiempo, la lozanía de nuestras dulces abuelas y el sello augusto de tantos patriotas recatados en la sobriedad de su grandeza, que, una y otra vez, posaron frente a las cámaras indiscretas, en busca de un testimonio abierto al veredicto del recuerdo.

Don Quintilio Gavassa Mibelli ejerció un oficio perdurable. Y lo transmitió por el imperio del ejemplo y del buen sentido espiritual a sus hijos. Edmundo, el mayor de ellos, se despidió de Bucaramanga cuando Europa empezaba a sacudirse por la vorágine de la primera guerra. En París abrió una fotografía para acreditar el evangelio de su vocación. Pero fue llamado a la guerra y las inclemencias del ambiente doblaron para la eternidad su vida, lejos de lo que mas amaba. Sus dos hermanos, Rafael y Quintilio, continuaron en la misma Calle Real de la ciudad de don Andrés Páez de Sotomayor, dentro de una casa de dos pisos, con balcones volados hacia el camellón empedrado, tomando el pulso físico de la grande sociedad de mediados del siglo XX, que admiro en ellos la frescura de su estirpe y el cariño hacia todo aquello que exhala aromas de Santander. En 1958, en un acto de desprendimiento por las cosas suavizadas con la miel de la vida, los hermanos Gavassa clausuraron para siempre su empresa. La carga de su longevidad acreditada los urgió a disfrutar sus merecimientos continuados y a sentir en su alma la evocación de los recuerdos.

Ahora, un descendiente de don Quintilio Gavassa Mibelli, el periodista Edmundo Gavassa Villamizar, quien ha viajado por los países de la tierra y ha observado con la visión de su abolengo el patrimonio de las naciones, representando en la custodia de su historia pasada, ha querido ofrecerle un homenaje al primero de los suyos y obsequiarle a su ciudad venerada un pedazo de su ayer. Ha recogido, en archivos particulares y en los libros de su familia, las copias del trabajo logrado por la “ Fotografía Gavassa “. Así tenemos hoy el rostro de Bucaramanga con sus camellones polvorientos, sus parques adornados con las flores que emiten esencias, el Llano de don Andrés donde elevaban las cometas los niños del siglo pasado, las iglesias que convocaron con sus campanas de bronce a rogativas colectivas para conjurar las epidemias, los soldados que formaron los escuadrones de asalto, los visitantes ilustres de la ciudad que entraban bajo arcos de laurel, los acontecimientos que convulsionaron a Santander, el porte señorial de las hermosas mujeres de Bucaramanga que recorrían sus avenidas rebosantes de virtud y adornadas con ojos de lealtad cristiana.

Este libro es un lucido gesto de justicia con una ciudad que esta registrada, a la luz de la historia, por la buena acción de un fotógrafo que descansa en la paz de la vida. A él, a don Quintilio Gavassa Mibelli, seguiremos buscando cuando volvamos la mirada sobre estas paginas que repasan a Bucaramanga. Y es posible que las generaciones futuras se detengan también en acto reverencial frente al mármol vivo que cubre sus restos, para depositar allí las rosas blancas que nunca se marchitan.

Don Quintilio Gavassa Mibelli cumplió un hermoso itinerario humano. Nació en 1861 y murió en 1922. Y vivirá para siempre entre nosotros porque dibujó la verdad y comulgó la belleza de su aldea adoptiva.